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De Papa Doc a las pandillas: un recuento de cómo Haití fue perdiendo el Estado

Haití no llegó al dominio de las pandillas de un día para otro.

Para entender cómo grupos armados terminaron controlando barrios, carreteras, puertos, comunidades y buena parte de Puerto Príncipe hay que retroceder más de medio siglo.

Hay que regresar a François Duvalier, “Papa Doc”, pasar por su hijo Jean-Claude “Baby Doc”, las dictaduras militares, Jean-Bertrand Aristide, intervenciones extranjeras, gobiernos débiles, terremotos, corrupción, crisis institucionales y, finalmente, el asesinato del presidente Jovenel Moïse.

Lo ocurrido en Haití puede resumirse como una pérdida gradual del monopolio del poder por parte del Estado.

Primero gobernó el miedo político.

Después llegaron las crisis institucionales.

Y finalmente las armas comenzaron a mandar donde el Gobierno dejó de hacerlo.

Papa Doc dejó algo más que una dictadura

François Duvalier gobernó Haití desde 1957 hasta su muerte, el 21 de abril de 1971.

En 1964 se había proclamado presidente vitalicio y construyó un régimen apoyado en los temidos Tontons Macoutes, una milicia utilizada para perseguir, intimidar, encarcelar y eliminar opositores. Antes de morir modificó el sistema para que su hijo Jean-Claude pudiera sucederlo.

“Baby Doc” tenía solamente 19 años cuando heredó la presidencia vitalicia.

Aquello dejó una herencia política devastadora:

el Estado comenzó a confundirse con el gobernante.

Las instituciones no tenían suficiente autonomía.

La fuerza pública servía frecuentemente al poder político.

Y buena parte de la población aprendió que la autoridad dependía más de quién tenía las armas que de quién tenía la ley.

Esa cultura política no desapareció con los Duvalier.

Baby Doc y el derrumbe de una dinastía

Jean-Claude Duvalier intentó ofrecer inicialmente una imagen menos represiva que la de su padre y promovió alguna apertura económica.

Pero continuaron la corrupción, las persecuciones y el deterioro económico.

A principios de los años ochenta las protestas comenzaron a crecer y, finalmente, en febrero de 1986, Jean-Claude Duvalier abandonó Haití rumbo al exilio en Francia.

Muchos haitianos pensaron entonces que comenzaba la democracia.

En realidad comenzaba otra etapa de inestabilidad.

El problema era sencillo:

había desaparecido el dictador, pero no se habían construido instituciones suficientemente fuertes para reemplazarlo.

Después de Duvalier llegó la transición interminable

Entre 1986 y 1990 Haití atravesó gobiernos provisionales, juntas militares, golpes, elecciones frustradas y violencia política.

Finalmente, en diciembre de 1990, Jean-Bertrand Aristide ganó las elecciones y se convirtió en el primer presidente haitiano ampliamente reconocido como elegido democráticamente.

La esperanza duró pocos meses.

El 30 de septiembre de 1991, un golpe encabezado por el general Raoul Cédras derrocó a Aristide.

La comunidad internacional impuso sanciones.

Miles de haitianos huyeron.

Y en 1994 una fuerza multinacional encabezada por Estados Unidos preparó una intervención para restaurar el gobierno constitucional.

Aristide regresó el 15 de octubre de 1994.

Parecía nuevamente que Haití había encontrado una salida.

Pero otra decisión tendría consecuencias importantes.

Desapareció el Ejército, pero no desaparecieron las armas

Después de regresar al poder, Aristide desmanteló las Fuerzas Armadas haitianas, una institución históricamente vinculada a golpes de Estado y represión.

La medida eliminó un actor que había representado una amenaza constante contra los gobiernos civiles.

Pero el proceso tuvo problemas importantes.

Un informe de Naciones Unidas señaló posteriormente que la disolución se produjo sin suficientes mecanismos para recoger las armas ni programas adecuados para reintegrar a los militares desmovilizados.

Paralelamente se creó y fortaleció la Policía Nacional Haitiana.

El problema fue que nunca llegó a poseer los recursos, personal y capacidades suficientes para controlar completamente un país donde continuaban circulando grandes cantidades de armas.

Se había eliminado una institución militar problemática.

Pero no se había construido todavía un Estado suficientemente fuerte para sustituir todas sus funciones de seguridad.

Aristide vuelve y vuelve a caer

Aristide regresaría nuevamente a la presidencia en 2001.

Tres años después el país volvió a entrar en crisis.

Rebeliones armadas avanzaron por distintas ciudades, la oposición política aumentó y Aristide abandonó Haití en febrero de 2004.

Las circunstancias de aquella salida continúan siendo políticamente controvertidas: Aristide sostuvo que fue obligado a abandonar el país, mientras Estados Unidos negó haberlo secuestrado.

Lo que sí está documentado es que su salida ocurrió en medio de una rebelión armada y un nuevo colapso político.

En junio de 2004 las Naciones Unidas establecieron la MINUSTAH, Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití.

Una vez más, fuerzas extranjeras tenían que ayudar a proporcionar la seguridad que el Estado haitiano no podía garantizar por sí solo.

El terremoto que destruyó mucho más que edificios

Entonces llegó el 12 de enero de 2010.

Un terremoto de magnitud 7 devastó Puerto Príncipe y amplias zonas del país.

Según cifras del Gobierno haitiano recogidas por Naciones Unidas, murieron alrededor de 220,000 personas, aproximadamente 300,000 resultaron heridas y millones fueron afectadas.

El desastre destruyó o dañó ministerios, tribunales, hospitales, escuelas, estaciones policiales y buena parte de la infraestructura administrativa del Estado.

Haití ya tenía instituciones débiles.

El terremoto golpeó precisamente esas instituciones.

No solamente cayeron casas.

También desaparecieron funcionarios, expedientes, oficinas, instalaciones policiales y capacidad administrativa.

La reconstrucción posterior movilizó miles de millones de dólares y una gigantesca presencia internacional.

Sin embargo, el Estado haitiano nunca consiguió fortalecerse en la misma proporción que la asistencia recibida.

Las pandillas no nacieron después del terremoto

Este detalle resulta importante.

Las bandas armadas ya existían anteriormente.

Durante décadas políticos, empresarios y otras figuras de poder utilizaron grupos armados en determinadas zonas para controlar territorios, intimidar adversarios o movilizar partidarios.

Con el tiempo, algunas de esas estructuras desarrollaron vida propia.

Cuando un político financia o arma a un grupo para utilizarlo hoy, no existe garantía de que mañana pueda desarmarlo.

Ese principio ayuda a entender el crecimiento posterior de las pandillas haitianas.

Reuters ha documentado vínculos alegados entre determinados grupos criminales y figuras políticas; por ejemplo, el antiguo legislador Prophane Victor fue acusado por Estados Unidos de haber armado jóvenes que posteriormente formarían la poderosa banda Gran Grif.

El instrumento terminó convirtiéndose en actor independiente.

Jovenel Moïse y el gran vacío

La crisis se agravó nuevamente durante la presidencia de Jovenel Moïse.

Disputas sobre la duración de su mandato, protestas, corrupción, debilitamiento parlamentario y violencia callejera erosionaron todavía más el funcionamiento institucional.

Desde 2019 el Parlamento dejó de funcionar normalmente y, para enero de 2023, Haití ya no tenía funcionarios nacionales electos.

Pero el acontecimiento definitivo ocurrió durante la madrugada del 7 de julio de 2021.

Un comando armado entró en la residencia privada del presidente Jovenel Moïse y lo asesinó.

Su esposa resultó gravemente herida.

El asesinato abrió un gigantesco vacío político y fortaleció todavía más a los grupos armados.

Cinco años después, el propio sistema judicial haitiano todavía no había conseguido celebrar el juicio principal; en septiembre de 2026, 18 sospechosos fueron trasladados a Estados Unidos para enfrentar procesos allí.

Es difícil encontrar una imagen más clara del debilitamiento institucional.

El Estado haitiano ni siquiera ha podido procesar eficazmente el asesinato de su propio presidente.

Las pandillas descubrieron que podían gobernar territorios

Después de 2021, los grupos armados dejaron de limitarse a cometer delitos.

Comenzaron a ejercer funciones propias de un poder territorial.

Cobran extorsiones.

Controlan carreteras.

Secuestran.

Cobran por permitir circulación.

Dominan comunidades.

Controlan accesos a infraestructura estratégica.

En determinados lugares regulan incluso quién puede entrar o salir.

La alianza G9, encabezada durante años por el expolicía Jimmy “Barbecue” Chérizier, llegó a controlar la principal terminal de combustible del país, provocando una crisis que afectó transporte, hospitales y generación eléctrica.

Cuando un grupo armado puede cerrar el combustible de una nación, ya no estamos hablando simplemente de delincuencia callejera.

Estamos hablando de poder político de facto.

Y después las pandillas hicieron algo todavía más peligroso: se aliaron

Durante años las principales organizaciones criminales haitianas combatían entre sí.

Entre ellas destacaban las coaliciones G9 y G-Pèp.

Pero en 2023 y 2024 surgió una nueva dinámica.

Varios grupos comenzaron a coordinarse bajo la coalición denominada Viv Ansanm —“Vivir Juntos”—.

Las bandas entendieron algo:

peleando entre ellas controlaban barrios.

Cooperando podían desafiar al Estado.

En 2024 lanzaron ataques coordinados contra:

comisarías;

prisiones;

el aeropuerto;

instituciones gubernamentales;

y otras instalaciones estratégicas.

Miles de presos escaparon durante ataques a centros penitenciarios.

El entonces primer ministro Ariel Henry quedó prácticamente imposibilitado de regresar al país y finalmente renunció.

Se creó un Consejo Presidencial de Transición.

Pero el territorio que el Estado había perdido no regresó automáticamente.

¿Controlan las pandillas todo Haití?

No.

Y conviene decirlo con precisión.

Los grupos criminales controlan actualmente alrededor del 90 % de Puerto Príncipe y su área metropolitana, según Human Rights Watch basándose en datos de Naciones Unidas.

Además, han extendido operaciones hacia al menos cinco de los diez departamentos haitianos.

En septiembre de 2026 Reuters informó además que varias organizaciones criminales están desplazando parte de sus operaciones hacia áreas rurales mediante secuestros, robo de ganado y bloqueos de carreteras.

Por eso sería exagerado afirmar que “las pandillas gobiernan todo Haití”.

Pero tampoco sería correcto reducirlas a delincuentes de determinados barrios.

Son actualmente uno de los principales centros reales de poder territorial del país.

El costo humano

El resultado es devastador.

Human Rights Watch reporta que aproximadamente 1.5 millones de personas se encuentran desplazadas internamente.

Durante los primeros seis meses de 2026 murieron por lo menos 3,050 personas en la violencia relacionada con grupos criminales, autodefensas y operaciones de seguridad. Más de seis millones de haitianos necesitan asistencia humanitaria.

Las pandillas utilizan además:

violencia sexual;

reclutamiento de niños;

masacres;

secuestros;

extorsión;

e incendios de comunidades.

Naciones Unidas ha estimado que niños de apenas ocho años pueden representar entre el 30 % y el 50 % de los integrantes de determinados grupos armados.

Eso significa que Haití no solamente está perdiendo seguridad.

Está fabricando una nueva generación criada dentro de la violencia.

La comunidad internacional volvió otra vez

En 2024 comenzó el despliegue de una misión multinacional de apoyo encabezada por Kenia.

Los resultados fueron limitados por falta de personal y recursos.

En septiembre de 2025, el Consejo de Seguridad autorizó transformar esa misión en una nueva Fuerza de Supresión de Pandillas, prevista con alrededor de 5,550 integrantes y apoyo logístico de Naciones Unidas.

Su despliegue parcial comenzó en 2026.

Sin embargo, la violencia continúa.

Y ahí aparece una lección que Haití lleva repitiendo durante décadas:

ninguna fuerza extranjera puede sustituir indefinidamente a un Estado nacional funcional.

De los Tontons Macoutes a las pandillas

Existe una comparación histórica inquietante.

Papa Doc utilizó una fuerza armada paralela —los Tontons Macoutes— para proteger su poder.

Décadas después, políticos utilizaron o toleraron grupos armados para conseguir influencia territorial.

Con el tiempo aquellas estructuras evolucionaron.

La diferencia es que Papa Doc controlaba a sus hombres armados.

El Estado haitiano actual ya no controla completamente a los suyos ni a quienes surgieron alrededor del sistema político.

Ese quizá sea el recorrido más trágico.

De un Estado que tenía demasiado poder sobre la población se pasó progresivamente a un Estado que posee demasiado poco poder frente a los grupos armados.

Haití no llegó aquí solamente por las pandillas

Culpar exclusivamente a Jimmy Chérizier o a Viv Ansanm sería demasiado sencillo.

Las pandillas son actualmente protagonistas de la crisis.

Pero son también consecuencia de algo más profundo:

décadas de instituciones débiles;

corrupción;

dictaduras;

golpes militares;

elecciones cuestionadas;

intervenciones extranjeras;

políticos vinculados a grupos armados;

una policía insuficiente;

pobreza extrema;

tráfico internacional de armas;

catástrofes naturales;

y una justicia incapaz de imponer consecuencias.

Las pandillas encontraron un vacío.

Y lo ocuparon.

De Papa Doc a Barbecue

En 1971, cuando murió François Duvalier, Haití tenía una dictadura.

El Estado era brutal, pero existía un centro definido de autoridad.

En 2026 la situación es casi inversa.

Existe un gobierno de transición, pero en grandes zonas de la capital el Estado no puede ejercer plenamente su autoridad.

Eso explica el largo recorrido desde Papa Doc hasta las pandillas.

No es simplemente la historia de malos presidentes.

Es la historia de instituciones que nunca consiguieron consolidarse.

Cada crisis debilitó algo.

Cada intervención solucionó temporalmente una emergencia.

Cada gobierno heredó estructuras más frágiles.

Y cada vacío fue ocupado por alguien.

Primero militares.

Después paramilitares.

Luego grupos políticos armados.

Y finalmente organizaciones criminales.

El resultado es una paradoja histórica:

Haití pasó de sufrir durante décadas porque el Estado era demasiado autoritario a sufrir ahora porque, en buena parte de su territorio más estratégico, el Estado ya no es suficientemente fuerte para imponer la ley.

Ese es probablemente el verdadero drama haitiano.

Las pandillas no destruyeron por sí solas al Estado.

Llegaron al poder territorial porque durante medio siglo el Estado se fue destruyendo antes que ellas.

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