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Tecnología

“Del libro a la tableta: ¿modernizamos la educación o simplemente cambiamos el papel por una pantalla?”

Durante generaciones, entrar a una escuela significaba encontrarse con una imagen casi universal:

un maestro,

una pizarra,

cuadernos,

lápices

y libros.

El libro de texto era el centro de buena parte del proceso educativo.

Se subrayaba.

Se doblaban las páginas.

Se escribían notas en los márgenes.

Y, muchas veces, un mismo ejemplar terminaba pasando de un hermano a otro.

Ese mundo está cambiando rápidamente.

En muchas escuelas el libro comenzó a ser sustituido —total o parcialmente— por tabletas, computadoras, plataformas digitales y contenidos almacenados en la nube.

La transformación parece lógica.

Vivimos en una sociedad digital.

Los estudiantes utilizarán tecnología durante prácticamente toda su vida profesional.

¿Por qué mantener entonces una escuela construida exclusivamente alrededor del papel?

La pregunta es razonable.

Pero existe otra igualmente importante:

¿todo lo que tecnológicamente podemos sustituir necesariamente debemos sustituirlo?

La gran promesa de la tableta

La educación digital posee ventajas difíciles de discutir.

Una tableta puede contener cientos de libros.

Puede incluir:

videos;

mapas interactivos;

simuladores;

diccionarios;

laboratorios virtuales;

audiolibros;

ejercicios autocorregibles;

y acceso inmediato a enormes bibliotecas.

Un estudiante que antes debía esperar para encontrar determinada información puede consultarla en segundos.

Para un maestro, actualizar un contenido digital puede resultar mucho más sencillo que sustituir miles de libros impresos.

Además, determinadas plataformas permiten adaptar ejercicios al nivel de cada alumno y proporcionar retroalimentación casi inmediata.

UNESCO reconoce que algunas tecnologías educativas producen efectos positivos pequeños o moderados sobre determinados aprendizajes y que pueden ampliar las oportunidades de práctica, personalización e interacción.

Esto es progreso.

Pero progreso no significa perfección.

Tener una tableta no significa estar aprendiendo

Este es probablemente el primer gran error de la revolución educativa digital.

Algunas políticas han confundido:

"entregar tecnología

con

transformar la educación."

No son lo mismo.

Una escuela puede entregar diez mil tabletas y continuar utilizando exactamente el mismo método pedagógico que utilizaba con los libros.

Solamente habrá sustituido papel por vidrio.

UNESCO cita precisamente experiencias donde la entrega masiva de computadoras, sin una adecuada integración pedagógica, no produjo mejoras significativas en el aprendizaje. El problema no era necesariamente el aparato.

Era la ausencia de un modelo educativo alrededor del aparato.

Una tableta no enseña por sí sola.

Necesita:

contenido;

metodología;

maestros capacitados;

conectividad;

mantenimiento;

disciplina;

y objetivos pedagógicos claros.

El libro tiene una ventaja inesperada: no hace nada más

Un libro posee una aparente limitación que puede convertirse en su mayor fortaleza.

Solamente sirve para leer.

No recibe mensajes.

No tiene WhatsApp.

No muestra videos recomendados.

No vibra.

No abre veinte pestañas.

No notifica que alguien acaba de publicar una fotografía.

El estudiante abre un libro y encuentra una cantidad relativamente limitada de estímulos.

Abre una tableta y entra a un universo entero.

Ahí aparece uno de los mayores problemas del nuevo modelo:

la distracción.

PISA 2022 encontró que alrededor del 30 % de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse utilizando dispositivos digitales durante las clases de matemáticas. Los alumnos que afirmaban distraerse frecuentemente mostraban, en promedio, resultados inferiores en matemáticas incluso después de considerar diferencias socioeconómicas.

La tecnología que debía aumentar la concentración puede terminar compitiendo por ella.

La diferencia está en para qué se utiliza

Aquí la evidencia se vuelve especialmente interesante.

PISA no muestra simplemente que “la tecnología es mala”.

Al contrario.

Los estudiantes que utilizaban dispositivos digitales durante un tiempo moderado para actividades de aprendizaje presentaban mejores resultados que quienes no los utilizaban en absoluto.

Pero esa relación cambiaba cuando aumentaba excesivamente el tiempo de exposición o cuando los dispositivos se utilizaban principalmente para entretenimiento.

Eso nos conduce a una conclusión bastante sencilla:

"el problema no es la pantalla; es el uso de la pantalla."

Una computadora utilizada para programar no es equivalente a una utilizada durante cuatro horas para recorrer redes sociales.

Una tableta utilizada para estudiar anatomía mediante modelos tridimensionales no es lo mismo que una tableta abierta simultáneamente en una plataforma educativa y cinco aplicaciones de entretenimiento.

La tecnología es una herramienta.

El método sigue siendo lo fundamental.

¿Estamos perdiendo profundidad al leer?

Existe además una cuestión menos visible.

Leer en papel y leer en pantalla no siempre producen exactamente la misma experiencia.

En un libro podemos construir una especie de geografía mental.

Recordamos que determinado párrafo estaba en la página izquierda.

Que una definición aparecía cerca del final del capítulo.

Que subrayamos algo aproximadamente a mitad del libro.

En una pantalla, especialmente cuando desplazamos continuamente el texto, esas referencias físicas pueden desaparecer.

La lectura digital también invita con mayor facilidad a:

buscar palabras;

saltar párrafos;

abrir enlaces;

consultar otra página;

cambiar de aplicación.

Eso aumenta la velocidad para localizar información.

Pero puede disminuir la lectura lenta y sostenida.

Y aquí aparece otra pregunta educativa:

¿queremos estudiantes que encuentren información rápidamente o estudiantes capaces de permanecer veinte minutos pensando profundamente sobre una página?

Necesitamos ambas habilidades.

Antes memorizábamos dónde buscar

Existe otro cambio interesante.

El estudiante tradicional debía recordar parte del conocimiento.

El estudiante digital sabe que probablemente podrá encontrarlo nuevamente en segundos.

Eso modifica nuestra relación con la memoria.

No necesariamente es negativo.

Nadie necesita memorizar todos los datos disponibles en una enciclopedia.

Pero existe una diferencia entre:

"no memorizar aquello que podemos consultar

y

no poseer conocimientos suficientes para comprender aquello que consultamos."

Internet puede proporcionar una respuesta.

Pero para evaluar si esa respuesta tiene sentido necesitamos conocimiento previo.

Una persona que no posee bases históricas puede encontrar miles de páginas sobre historia.

Eso no significa que pueda distinguir inmediatamente una fuente seria de una falsificación.

Aquí aparece una de las funciones más importantes de la educación moderna:

enseñar no solamente a encontrar información.

También enseñar a evaluarla.

El profesor se vuelve todavía más importante

Paradójicamente, mientras más tecnología entra en las aulas, más importante puede volverse el maestro.

Porque alguien debe enseñar al estudiante:

qué buscar;

qué ignorar;

qué fuente utilizar;

cuándo desconectarse;

cómo verificar;

y cómo convertir información en conocimiento.

UNESCO recomienda que la tecnología educativa complemente la interacción humana y que las decisiones sobre digitalización se orienten por resultados pedagógicos, no simplemente por la cantidad de dispositivos comprados.

El buen maestro no desaparece con la tableta.

Su trabajo cambia.

Pasa de ser principalmente transmisor de información a convertirse también en:

orientador;

curador de contenidos;

moderador;

evaluador;

y entrenador del pensamiento crítico.

La brecha digital puede convertirse en brecha educativa

Existe otro problema.

No todos los estudiantes poseen las mismas condiciones.

Una tableta necesita electricidad.

Internet.

Mantenimiento.

Actualizaciones.

En ocasiones suscripciones.

Un estudiante puede regresar a una casa con fibra óptica, computadora adicional y padres capaces de ayudarlo.

Otro puede depender exclusivamente del dispositivo entregado por la escuela y de una conexión inestable.

UNESCO advierte precisamente que las tecnologías educativas pueden aumentar desigualdades cuando el acceso a conectividad, dispositivos y apoyo familiar no es equitativo.

El viejo libro tenía una ventaja:

funcionaba igual en una casa rica que en una casa pobre.

No necesitaba contraseña.

Ni batería.

Ni actualización.

También existe un costo oculto

Cuando una escuela compra libros, conoce aproximadamente el costo.

Cuando compra tecnología, aparecen otros gastos:

reposición;

mantenimiento;

licencias;

software;

servidores;

seguridad informática;

soporte técnico;

baterías;

conectividad;

capacitación docente.

UNESCO señala que la infraestructura tecnológica educativa requiere tanto inversión inicial como gastos recurrentes importantes.

Una computadora barata que dura tres años puede terminar siendo más costosa que un libro utilizado durante seis.

La tecnología debe evaluarse no solamente por su precio de compra.

También por su ciclo de vida.

Y aparece un problema nuevo: la privacidad

Un libro no recopila información sobre quien lo lee.

Una plataforma digital sí puede hacerlo.

Puede registrar:

cuánto tiempo estudió el alumno;

qué preguntas respondió;

qué errores cometió;

qué páginas visitó;

qué dispositivo utilizó;

incluso determinados patrones de comportamiento.

Ese tipo de información puede ser extraordinariamente útil para personalizar la educación.

Pero también plantea preguntas sobre privacidad.

¿Quién posee esos datos?

¿La escuela?

¿El Estado?

¿La empresa tecnológica?

¿Durante cuánto tiempo?

UNESCO ha advertido que una regulación insuficiente de la tecnología educativa puede conducir a usos indebidos de datos personales.

El cuaderno podía perderse.

La plataforma puede crear un perfil digital permanente.

La escritura también está cambiando

Existe otra transformación silenciosa.

Los estudiantes escriben cada vez menos a mano.

Teclear es más rápido.

Permite corregir inmediatamente.

Facilita reorganizar un texto.

Eso tiene ventajas evidentes.

Pero escribir a mano obliga a disminuir la velocidad.

Y en determinados procesos educativos esa lentitud puede ser beneficiosa.

Cuando copiamos, resumimos o tomamos notas manualmente tenemos que seleccionar qué información merece ser escrita.

El teclado facilita registrar prácticamente todo.

Pero registrar no significa comprender.

La educación probablemente necesita conservar ambos métodos.

¿Entonces debemos volver al libro?

No.

Esa sería una conclusión igualmente equivocada.

La escuela que ignore las computadoras preparará estudiantes para un mundo que ya no existe.

Los alumnos deben aprender:

programación;

búsqueda digital;

inteligencia artificial;

procesamiento de datos;

herramientas colaborativas;

seguridad informática;

verificación de información;

y utilización responsable de redes.

La alfabetización digital ya forma parte de la educación básica contemporánea.

El problema sería convertir esa necesidad en una guerra contra el papel.

El modelo híbrido parece más inteligente

Quizás el futuro educativo no sea:

libro o tableta.

Puede ser:

libro y tableta.

El libro para:

lectura profunda;

literatura;

concentración;

estudio prolongado;

anotaciones.

La tableta o computadora para:

investigación;

simulación;

contenido audiovisual;

programación;

trabajo colaborativo;

actualización inmediata;

acceso a bibliotecas;

y aprendizaje interactivo.

La pregunta debería ser siempre:

¿qué herramienta permite aprender mejor esto?

No:

¿qué herramienta parece más moderna?

Una tableta no puede sustituir un método

La mayor equivocación podría ser creer que modernizar una escuela significa llenar las aulas de pantallas.

Una mala clase proyectada en 4K continúa siendo una mala clase.

Un profesor sin preparación utilizando una tableta continúa siendo un profesor sin preparación.

Un estudiante distraído con un libro puede distraerse todavía más con Internet.

La tecnología amplifica.

Puede amplificar una buena metodología.

También puede amplificar una mala.

El verdadero cambio educativo

Por eso la transformación que necesitamos probablemente no sea pasar:

del libro a la tableta.

Debe ser pasar:

de memorizar a comprender;

de copiar a investigar;

de repetir a cuestionar;

de recibir información a saber evaluarla.

Si la computadora ayuda a conseguirlo, bienvenida.

Si determinado aprendizaje funciona mejor con un libro, conservemos el libro.

La educación no debería convertirse en una competencia por introducir la tecnología más nueva.

Debe continuar siendo una competencia por enseñar mejor.

Ni nostalgia ni fascinación

El libro no es perfecto porque sea antiguo.

La tableta tampoco es superior porque sea nueva.

Cada una posee fortalezas y limitaciones.

La verdadera innovación consiste en saber cuándo utilizar cada herramienta.

Quizás dentro de algunos años descubramos que el gran error de esta transición fue plantearla como una sustitución.

Porque educación digital no debería significar educación sin libros.

Debería significar algo mucho más inteligente:

una educación capaz de utilizar toda la tecnología disponible sin olvidar las herramientas que durante siglos demostraron que también funcionaban.

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