Batista, Fidel Castro y Díaz-Canel: tres etapas en la larga crisis de Cuba
Hablar de la crisis cubana obliga a retroceder mucho más allá de Miguel Díaz-Canel e incluso de Fidel Castro.
La Cuba que llegó a 1959 no era un país sin desarrollo. Estudios históricos sitúan a la isla entre las economías latinoamericanas de ingresos relativamente altos de la época, aunque con profundas desigualdades entre La Habana y el campo, fuerte dependencia del azúcar y de Estados Unidos, y serias carencias sociales en amplias zonas rurales.
Sobre esa sociedad cayó primero el autoritarismo de Fulgencio Batista.
Batista: prosperidad desigual y democracia quebrada
El 10 de marzo de 1952 Batista tomó el poder mediante un golpe de Estado, derrocó al presidente Carlos Prío y frustró las elecciones previstas para ese año. Su gobierno terminó asociado a corrupción, represión política y creciente pérdida de legitimidad.
Este punto es importante porque frecuentemente se describe la historia cubana como si todo hubiese comenzado con Fidel Castro.
No fue así.
Batista contribuyó a destruir los mecanismos institucionales que habrían permitido procesar políticamente el descontento.
Cuando un gobernante cierra la vía electoral, fortalece indirectamente a quienes sostienen que el cambio solo puede obtenerse mediante las armas.
Esa fue una de las grandes contradicciones de su régimen.
Cuba tenía sectores modernos, una economía relativamente avanzada dentro de América Latina y buenos indicadores en determinadas áreas, pero convivían con desigualdad, pobreza rural y una estructura política cada vez menos legítima.
Batista no destruyó por sí solo a Cuba.
Pero ayudó decisivamente a destruir la democracia que podría haber evitado lo que vino después.
Fidel Castro: de la revolución al sistema
Fidel Castro llegó al poder en enero de 1959 después de encabezar la revolución que derrotó a Batista.
Inicialmente representó para muchos cubanos la posibilidad de terminar con corrupción, dictadura y desigualdad.
La revolución produjo transformaciones sociales importantes.
Expandió el acceso a la educación, desarrolló campañas masivas de alfabetización y extendió servicios sanitarios hacia sectores rurales que habían estado históricamente desatendidos. Estos avances están ampliamente documentados.
Pero esa no fue toda la historia.
El nuevo gobierno fue eliminando progresivamente el pluralismo político.
Fidel Castro concentró durante décadas los principales cargos del Estado y del Partido Comunista, mientras la oposición organizada, la prensa independiente y otras formas de disenso quedaron severamente restringidas. Human Rights Watch documenta encarcelamientos, vigilancia, hostigamiento y represión sistemática de críticos durante su gobierno.
La revolución que había nacido denunciando una dictadura terminó construyendo otro sistema autoritario, aunque de naturaleza ideológica completamente diferente.
El problema económico
También existe un debate profundo sobre el desempeño económico posterior a 1959.
Cuba consiguió avances sociales importantes, especialmente en salud y educación.
Pero un estudio publicado por Cambridge University Press estima que el crecimiento del PIB per cápita entre 1957 y 2017 fue extraordinariamente lento —alrededor de 0.6 % anual— y sostiene que el país perdió terreno respecto a economías comparables.
El modelo económico centralizado redujo considerablemente el espacio de la iniciativa privada, nacionalizó propiedades y vinculó profundamente la economía cubana primero con la Unión Soviética y posteriormente con otros aliados.
Eso produjo protección durante determinados períodos.
También creó dependencia.
Cuando la Unión Soviética desapareció, Cuba sufrió el llamado Período Especial.
Décadas después, la vulnerabilidad continúa.
El embargo: una realidad que tampoco puede borrarse
Sería igualmente simplista atribuir toda la crisis cubana exclusivamente al sistema económico interno.
Estados Unidos mantiene desde hace más de seis décadas un amplio régimen de sanciones económicas y financieras contra Cuba.
La Asamblea General de Naciones Unidas volvió a pedir en 2025 el fin del embargo, mediante una resolución aprobada por 165 países, frente a 7 votos en contra y 12 abstenciones.
Las sanciones dificultan comercio, financiamiento, adquisición de combustible y determinadas transacciones internacionales.
El gobierno cubano atribuye una parte considerable de sus problemas económicos a ese cerco.
Washington, por su parte, sostiene que las sanciones buscan presionar al gobierno cubano respecto a derechos humanos y libertades políticas.
Ambos factores deben distinguirse.
El embargo perjudica a la economía cubana.
Pero la existencia del embargo no convierte automáticamente cada fracaso económico interno en responsabilidad de Estados Unidos.
De la misma manera, criticar el modelo cubano no exige negar el efecto real de las sanciones.
Díaz-Canel: administrar el deterioro
Miguel Díaz-Canel no creó el sistema cubano.
Lo heredó.
Y esa diferencia es fundamental.
Pero desde que asumió la presidencia en 2018, su gobierno ha decidido mantener sus estructuras políticas fundamentales.
Cuba continúa siendo un sistema de partido único, y organizaciones internacionales siguen documentando restricciones al disenso, detenciones arbitrarias y encarcelamiento de participantes en las protestas de julio de 2021.
Al mismo tiempo, Díaz-Canel enfrenta probablemente una de las situaciones económicas más difíciles desde la década de 1990.
Escasez de alimentos.
Inflación.
Deterioro salarial.
Falta de combustible.
Crisis energética.
Emigración masiva.
Y apagones cada vez más prolongados.
En septiembre de 2026, el sistema eléctrico nacional volvió a colapsar por completo; fue al menos el sexto gran apagón de ese tipo desde enero. Reuters atribuyó la situación a una combinación de infraestructura envejecida, escasez de combustible y nuevas restricciones estadounidenses al suministro energético.
La crisis monetaria es igualmente profunda.
Reuters informó este mes que el peso cubano ha perdido aproximadamente nueve décimas partes de su valor frente al mercado de 2021, mientras la inflación continúa erosionando los salarios.
Una población que se marcha
Probablemente ningún indicador sintetice mejor la crisis contemporánea que la emigración.
Human Rights Watch señala, citando cifras oficiales, que Cuba ha perdido aproximadamente 10 % de su población en años recientes, mientras estimaciones independientes sugieren que la proporción podría ser mayor.
Las personas no emigran únicamente por razones políticas.
También se marchan buscando alimentos, medicamentos, estabilidad económica, electricidad, oportunidades profesionales y perspectivas para sus hijos.
Cuando un país pierde una parte significativa de su población joven y productiva, el problema deja de ser solamente coyuntural.
Se convierte en una amenaza demográfica.
Tres hombres, tres responsabilidades diferentes
Sería intelectualmente fácil colocar a Batista, Fidel Castro y Díaz-Canel dentro de una misma categoría.
Históricamente sería incorrecto.
Batista representa la ruptura del orden democrático que ayudó a crear las condiciones para una revolución.
Fidel Castro representa la revolución que produjo importantes conquistas sociales, pero sustituyó el pluralismo por un sistema político altamente centralizado y construyó un modelo económico cuya capacidad de generar prosperidad sostenida ha sido objeto de fuertes cuestionamientos.
Díaz-Canel representa la continuidad de ese sistema en una época en la cual muchas de las fuentes externas que antes lo sostenían son mucho más débiles.
Y alrededor de todos ellos aparece un cuarto actor:
Estados Unidos.
Su influencia económica y política sobre Cuba antes de 1959, y posteriormente seis décadas de embargo, forman también parte inseparable de esta historia.
¿Quién destruyó Cuba?
Quizás esa pregunta sea demasiado sencilla para una historia tan compleja.
Batista deterioró las instituciones democráticas.
Fidel Castro eliminó el pluralismo político y construyó una economía excesivamente dependiente del Estado y de aliados externos.
Los gobiernos posteriores conservaron gran parte de ese modelo.
Díaz-Canel mantiene actualmente sus estructuras esenciales mientras administra una crisis económica, energética y migratoria extraordinariamente profunda.
Y Estados Unidos ha mantenido durante más de sesenta años sanciones que han añadido costos considerables a esa economía.
La Cuba actual es, por tanto, el resultado de responsabilidades acumuladas, no de una única decisión ni de un solo hombre.
El verdadero fracaso cubano
Quizás la mayor tragedia cubana sea otra.
Una nación con altos niveles culturales, una extensa diáspora, extraordinario capital humano y una posición geográfica privilegiada continúa sin encontrar una fórmula capaz de combinar simultáneamente:
prosperidad económica,
justicia social,
libertades políticas,
instituciones independientes
y soberanía nacional.
Batista no la encontró.
Fidel Castro prometió construirla y produjo una sociedad muy diferente, con avances indiscutibles en algunas áreas y costos enormes en otras.
Díaz-Canel tampoco ha conseguido hasta ahora sacar al país de su prolongada crisis.
Después de más de setenta años de enfrentamientos políticos, quizás Cuba necesite algo más difícil que otra revolución.
Necesita reconciliar cosas que durante demasiado tiempo fueron presentadas como incompatibles:
Orden sin dictadura, igualdad sin pobreza, soberanía sin aislamiento y estabilidad sin renunciar a la libertad.