“43,000 policías bajo una misma sospecha: cómo se construyó la percepción de que todos son corruptos”
La percepción no es necesariamente la realidad estadística
Decir que “la Policía es corrupta” puede expresar una "percepción institucional". Decir que “todos los policías son corruptos” es algo completamente diferente: es una afirmación sobre decenas de miles de individuos y requeriría evidencia individual o estadística extraordinariamente amplia para sostenerse.
No existe evidencia pública que permita concluir que más de 40,000 agentes participan en actos delictivos o corruptos.
Y existe además una contradicción práctica: una organización de ese tamaño, si funcionara predominantemente como una estructura criminal, difícilmente podría simultáneamente patrullar el territorio, recibir denuncias, investigar delitos, realizar arrestos, controlar tránsito, proteger eventos, ejecutar órdenes judiciales y cooperar diariamente con fiscales, tribunales y otras instituciones.
Eso no demuestra que la corrupción sea inexistente. Demuestra que "no es razonable transformar los actos de una parte de la institución en una característica automática de cada uno de sus integrantes".
La cuestión realmente interesante es otra:
¿por qué una cantidad relativamente limitada de policías involucrados en hechos graves puede terminar condicionando la imagen de decenas de miles?
Ahí aparece el verdadero tema periodístico.
El policía correcto casi nunca es noticia
Imaginemos dos acontecimientos ocurridos durante una misma jornada.
Un agente patrulla durante diez horas, auxilia a un ciudadano, interviene en una discusión familiar, detiene a una persona requerida por la justicia y termina su servicio sin cometer ninguna irregularidad.
Probablemente ninguno de esos hechos llegue a los medios.
Otro policía exige dinero durante una intervención y alguien lo graba con un teléfono.
Ese video puede aparecer esa misma noche en TikTok, Instagram, Facebook, YouTube, periódicos digitales, televisión y grupos de WhatsApp.
Al día siguiente millones de personas pueden haber visto al segundo policía.
Casi nadie conocerá al primero.
Esto produce un fenómeno importante: la conducta normal es invisible; la conducta excepcionalmente negativa es extraordinariamente visible.
Y ocurre porque periodísticamente tiene sentido.
“Policía realizó correctamente su servicio durante ocho horas” difícilmente constituye un titular.
“Policía captado cobrando soborno” sí lo constituye.
Después de años de exposición repetida, el ciudadano puede terminar haciendo una asociación mental:
policía = corrupción.
Pero frecuencia mediática y frecuencia estadística no son lo mismo.
Un solo uniforme representa a 40,000 personas
Existe además un problema particular de las instituciones uniformadas.
Cuando un empleado de un supermercado comete un delito, rara vez decimos:
“Los empleados de supermercados son delincuentes”.
Cuando un médico comete una negligencia, normalmente identificamos al médico.
Cuando un empresario defrauda, identificamos al empresario.
Pero cuando un policía comete un abuso, muchas veces el lenguaje cambia:
“La Policía hizo…”
La institución completa absorbe inmediatamente la conducta individual.
El uniforme produce una poderosa identificación colectiva.
Por eso un agente corrupto ocasiona un daño que trasciende ampliamente el delito que cometió.
También deteriora la reputación de compañeros que nunca participaron en él.
Pero la desconfianza tampoco nació de la nada
Aquí debemos evitar caer en el extremo contrario.
Sería igualmente equivocado afirmar que toda percepción negativa sobre la Policía es simplemente producto de las redes sociales o de los medios de comunicación.
Existe un problema histórico de confianza institucional.
El Latinobarómetro 2024 registró que aproximadamente 40 % de los dominicanos expresaba mucha o alguna confianza en la Policía Nacional. Eso significa también que una parte considerable de la población manifestaba poca o ninguna confianza.
Más recientemente, el propio Gobierno ha reconocido públicamente que la desconfianza ciudadana constituye uno de los desafíos de la transformación policial, al mismo tiempo que ha señalado la necesidad de sancionar abusos y fortalecer supervisión, transparencia y rendición de cuentas.
Por tanto, existe un problema de percepción.
Pero reconocerlo no equivale a concluir que todos los agentes sean corruptos.
La memoria colectiva pesa
Las instituciones no comienzan cada mañana con su reputación en cero.
Arrastran su historia.
Durante décadas se han acumulado denuncias, casos de corrupción, excesos policiales, actuaciones cuestionables y episodios de violencia que permanecen en la memoria colectiva.
Un ciudadano joven puede incluso formar su opinión a partir de historias familiares:
“Cuando yo era joven los policías hacían esto…”
“Una vez me detuvieron y…”
“A un amigo mío le pasó…”
Esa memoria institucional pasa de generación en generación.
Por eso mejorar la conducta policial hoy no transforma automáticamente la percepción mañana.
La reputación tarda mucho más en recuperarse que en deteriorarse.
El poder amplifica el error
Existe otra diferencia fundamental entre un policía y un ciudadano cualquiera.
El policía posee autoridad estatal.
Puede detener.
Interrogar.
Registrar bajo determinadas condiciones legales.
Portar un arma.
Utilizar legítimamente la fuerza dentro de parámetros establecidos.
Cuando una persona con ese poder comete una irregularidad, el impacto psicológico es mucho mayor.
No vemos simplemente a una persona cometiendo un delito.
Vemos al representante del Estado violando las normas que debería proteger.
Por eso cinco casos policiales pueden generar un efecto social mucho mayor que cincuenta delitos cometidos por ciudadanos ordinarios.
Las redes sociales multiplicaron la percepción
Antes, un incidente policial podía ser conocido por:
la víctima,
su familia,
el barrio
y quizá un periódico.
Hoy un video de treinta segundos puede alcanzar cientos de miles de personas antes de que la Policía siquiera conozca formalmente el incidente.
Esto tiene una consecuencia positiva:
hay mayor capacidad para documentar abusos.
Pero también produce un fenómeno de acumulación perceptiva.
Un usuario puede observar en una semana:
un policía discutiendo;
otro utilizando fuerza;
otro recibiendo dinero;
otro involucrado en un hecho criminal.
Los videos pueden proceder de cuatro provincias diferentes y de cuatro años diferentes.
Pero vistos consecutivamente en una pantalla producen la impresión de estar observando un comportamiento constante y generalizado.
El algoritmo no muestra una muestra estadísticamente representativa de 43,000 policías.
Muestra aquello que genera interacción.
El sesgo de disponibilidad
En psicología existe un fenómeno conocido como heurística de disponibilidad.
Tendemos a estimar la frecuencia de un acontecimiento basándonos en la facilidad con la que podemos recordar ejemplos.
Si hemos visto numerosos videos de accidentes de avión, podemos comenzar a sobreestimar el riesgo de volar.
Si observamos constantemente noticias sobre delitos violentos, podemos pensar que ocurren con mayor frecuencia de la que indican las estadísticas.
Con la Policía sucede algo semejante.
Un caso escandaloso permanece en nuestra memoria.
Miles de procedimientos normales desaparecen de ella.
Y existe un problema adicional: esperamos más del policía
Cuando un delincuente delinque, confirma lo que esperamos de un delincuente.
Cuando un policía delinque, contradice completamente lo que esperamos de un policía.
Esa contradicción provoca indignación.
Y debe provocarla.
La sociedad tiene derecho a exigir a un agente un estándar de comportamiento superior precisamente porque ha recibido autoridad pública.
Pero exigir un estándar superior no significa atribuir automáticamente la conducta de un individuo a todos los miembros de la organización.
Los buenos policías pagan por los malos
Aquí existe una consecuencia interna que pocas veces se analiza.
El principal perjudicado por un policía corrupto no siempre es solamente el ciudadano.
También lo son sus propios compañeros.
Cada soborno hace más difícil que otro agente sea respetado durante una intervención.
Cada abuso provoca que el ciudadano mire con sospecha al próximo policía.
Cada actuación ilegal reduce la autoridad moral de miles de agentes que cumplen correctamente sus funciones.
Por eso combatir la corrupción policial no debería interpretarse como una acción contra la Policía.
Es precisamente una forma de defender a la mayoría de policías que no participan de ella.
La reforma policial reconoce precisamente esa necesidad
La República Dominicana mantiene actualmente un proceso formal de reforma y transformación policial. En septiembre de 2026, el Comisionado Ejecutivo de la reforma presentó un balance de cinco años del proceso, identificando avances y desafíos pendientes.
Entre los elementos impulsados durante los últimos años aparecen nuevos modelos de formación, patrullaje basado en protocolos, evaluación continua, fortalecimiento administrativo y mayor utilización de información y tecnología.
Esto también demuestra algo importante:
reconocer problemas internos no significa declarar corrupta a toda la institución.
Una organización puede tener problemas sistémicos en determinadas áreas sin que todos sus integrantes participen de ellos.
No necesitamos defender lo indefendible
Una defensa inteligente de la Policía Nacional tampoco debería consistir en negar los abusos.
Cuando un policía comete un delito, debe investigarse.
Cuando existe evidencia, debe procesarse.
Cuando existe corrupción estructural dentro de una unidad determinada, debe desarticularse.
Cuando existen mandos que toleran irregularidades, también debe establecerse responsabilidad.
El propio Ministerio de Interior y Policía ha afirmado recientemente que los agentes que actúen fuera de la ley deberán responder y que el fortalecimiento de la supervisión y la rendición de cuentas forma parte del proceso de transformación institucional.
Eso fortalece, no debilita, la institución.
El verdadero error está en los absolutos
Quizás el problema pueda resumirse en dos afirmaciones igualmente equivocadas:
“Todos los policías son corruptos.”
y
“En la Policía no existe corrupción.”
Probablemente ninguna de las dos describe adecuadamente la realidad.
En una organización formada por decenas de miles de personas habrá policías extraordinarios.
Policías normales.
Policías deficientes.
Policías negligentes.
Y también policías corruptos.
La obligación institucional consiste en conseguir que estos últimos sean cada vez menos, detectarlos rápidamente y evitar que encuentren protección dentro de la propia organización.