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Internacional

Haití: cuatro soldados desaparecidos y una guerra que pone a prueba a la fuerza internacional

La llegada de tropas especiales de El Salvador, la emboscada de Croix-des-Bouquets y el posible asesinato de cuatro militares muestran que las pandillas haitianas ya no desafían solamente al Estado: están midiendo fuerzas con una coalición internacional

24 de octubre de 2026

Haití acaba de cruzar otra frontera.

Durante años las bandas armadas atacaron policías, ciudadanos, comerciantes, hospitales, escuelas, cárceles, instituciones públicas y comunidades completas.

Ahora han atacado directamente a soldados extranjeros integrantes de una fuerza internacional autorizada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Y el resultado puede haber sido trágico.

Cuatro militares salvadoreños desaparecieron el domingo 18 de octubre después de que el vehículo blindado en el que viajaban fuera emboscado en la zona de Santo, en Croix-des-Bouquets, en las afueras de Puerto Príncipe.

Los atacantes utilizaron armas de fuego y explosivos. El vehículo se incendió. Los cuatro militares consiguieron salir, pero desde ese momento se perdió contacto con ellos. Helicópteros enviados posteriormente para apoyar la operación también fueron atacados.

Los desaparecidos no eran, según el Gobierno salvadoreño, tropas de asalto que estuvieran ejecutando una operación contra las bandas.

Eran técnicos aeronáuticos integrados a la Fuerza de Supresión de Pandillas, conocida por sus siglas en inglés como GSF.

Posteriormente, el presidente salvadoreño Nayib Bukele afirmó que habían sido secuestrados y anunció una operación militar para recuperarlos con vida. El Salvador comenzó entonces a enviar tropas especiales adicionales a Haití. Medios estadounidenses reportaron el despliegue de al menos 200 efectivos de operaciones especiales para participar en la búsqueda.

Pero en la noche de este sábado 24 de octubre la situación tomó un giro todavía más grave.

Reuters informó, citando un reporte de The New York Times, que fueron encontrados fuera de Puerto Príncipe cuatro cuerpos que se cree podrían corresponder a los militares salvadoreños desaparecidos.

Los restos estarían gravemente quemados y habrían sido entregados a un equipo militar salvadoreño en el aeropuerto internacional.

Sin embargo, existe una precisión fundamental:

al cierre de este artículo las identidades no habían sido confirmadas mediante autopsias.

Reuters tampoco había logrado verificar independientemente el hallazgo y la fuerza internacional declinó hacer comentarios. Por tanto, todavía no puede afirmarse responsablemente que los cuatro militares hayan sido asesinados.

Ese detalle separa el periodismo del rumor.

Pero aun si la identificación no ha concluido, la sola posibilidad cambia la dimensión política y militar de la crisis.

De misión internacional a confrontación directa

La presencia salvadoreña en Haití no comenzó esta semana.

El Salvador empezó a enviar militares en 2025 como parte del dispositivo internacional destinado a respaldar a la Policía Nacional haitiana. El 4 de febrero de aquel año llegó un contingente de aproximadamente 70 efectivos salvadoreños.

Posteriormente cambió toda la arquitectura internacional.

El 30 de septiembre de 2025, mediante la Resolución 2793, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas autorizó transformar la anterior Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad, encabezada por Kenia, en una nueva Fuerza de Supresión de Pandillas.

La autorización contempla hasta 5,500 militares y policías uniformados y 50 civiles, para un máximo de 5,550 integrantes.

Su mandato permite realizar operaciones coordinadas con la Policía y las Fuerzas Armadas haitianas, proteger infraestructura crítica, facilitar asistencia humanitaria y combatir a las organizaciones armadas, siempre bajo obligaciones de derecho internacional y protección de derechos humanos.

En septiembre de 2026 su mandato fue prorrogado hasta el 31 de marzo de 2027.

Sobre el papel parece una fuerza considerable.

La realidad es otra.

Al producirse la emboscada contra los salvadoreños, Reuters estimaba que había alrededor de 2,000 efectivos desplegados, muy por debajo de los 5,500 uniformados autorizados.

Ese déficit ayuda a explicar una de las contradicciones fundamentales de la intervención internacional en Haití:

se pretende recuperar territorios dominados por organizaciones fuertemente armadas sin haber desplegado todavía toda la fuerza diseñada para hacerlo.

Las pandillas ya no actúan como delincuentes comunes

Ese es otro punto que debe comprenderse.

Lo que ocurre en Haití hace tiempo dejó de parecerse exclusivamente a un problema convencional de criminalidad urbana.

Las organizaciones armadas controlan territorios, carreteras y comunidades.

Cobran extorsiones.

Realizan secuestros.

Tienen redes de inteligencia.

Poseen armas de alto poder.

Utilizan explosivos.

Levantan barricadas.

Atacan instalaciones estatales.

Y son capaces de organizar emboscadas contra vehículos blindados y disparar contra helicópteros enviados en apoyo.

Naciones Unidas ha documentado además cómo las bandas se financian mediante secuestros, extorsión, tráfico de armas y drogas, contrabando de combustible y explotación de migrantes.

Por eso la emboscada del 18 de octubre tiene una importancia mucho mayor que la desaparición de cuatro hombres.

Representa un mensaje.

Las bandas están demostrando que también pueden golpear directamente a la fuerza extranjera enviada para combatirlas.

La pregunta incómoda: ¿cómo llegaron allí?

También existen interrogantes operativos.

Los militares regresaban de comprar alimentos cuando entraron en una zona controlada por bandas.

Algunas informaciones indican que pudieron desviarse de su ruta habitual.

El episodio abre preguntas inevitables:

¿Por qué cuatro integrantes de una fuerza internacional circulaban por una de las áreas más peligrosas de Haití sin una escolta suficientemente poderosa?

¿Disponían de inteligencia actualizada sobre el control territorial?

¿Existía coordinación efectiva entre el contingente salvadoreño, la Policía haitiana y el mando de la GSF?

¿Cómo pudo una patrulla quedar aislada hasta el punto de que incluso los helicópteros enviados en su ayuda fueran recibidos a tiros?

Son preguntas operativas legítimas.

No disminuyen la responsabilidad de quienes realizaron la emboscada.

Pero serán esenciales para determinar qué falló.

Bukele lleva su doctrina de seguridad a un escenario completamente diferente

El Salvador posee una experiencia reciente muy particular enfrentando organizaciones criminales.

El gobierno de Nayib Bukele construyó buena parte de su política de seguridad alrededor de operaciones masivas contra las pandillas salvadoreñas.

Pero Haití es otro escenario.

Las estructuras criminales haitianas están fuertemente territorializadas y funcionan dentro de un Estado debilitado.

Además, el terreno urbano de Puerto Príncipe, la disponibilidad de armamento pesado, las rutas de abastecimiento ilegal y la fragmentación institucional presentan condiciones diferentes.

El envío de tropas de élite salvadoreñas supone entonces una prueba mucho mayor que una operación policial interna.

En Haití no basta con detener pandilleros.

Hay que recuperar territorio.

Mantenerlo.

Proteger a la población.

Reabrir escuelas y hospitales.

Restaurar carreteras.

Garantizar el funcionamiento de la justicia.

Desarmar organizaciones.

Cortar el financiamiento.

Cerrar el tráfico de armas.

Y evitar que nuevos jóvenes ocupen inmediatamente el lugar de los combatientes muertos o detenidos.

Naciones Unidas ha advertido precisamente que la respuesta militar, por sí sola, no será suficiente y que debe acompañarse de restauración de servicios básicos, presencia institucional y alternativas para los jóvenes.

Un país con más de un millón de desplazados

Detrás del debate militar existe una tragedia humana gigantesca.

La ONU calcula que alrededor de 1.4 millones de haitianos han sido desplazados por la violencia.

El plan humanitario de Naciones Unidas para 2026 pretende asistir a 4.2 millones de personas y estima que aproximadamente 5.7 millones padecen inseguridad alimentaria severa.

Entre enero y el 11 de septiembre de este año, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos documentó por lo menos 5,700 muertos o heridos como consecuencia de la violencia de las bandas y de las operaciones desarrolladas contra ellas.

Entre julio y septiembre solamente, BINUH contabilizó más de mil muertos y más de cien víctimas de secuestro.

Eso significa que Haití no está enfrentando únicamente una crisis policial.

Está enfrentando una crisis de soberanía.

¿Quién gobierna realmente determinadas partes de Haití?

Esa quizás sea la pregunta fundamental.

Un Estado existe no solamente porque tiene:

presidente,

primer ministro,

ministerios,

bandera

y Constitución.

Existe porque consigue ejercer autoridad sobre su territorio.

Cuando otro grupo decide:

quién entra,

quién sale,

quién paga,

quién trabaja,

qué carretera funciona,

qué negocio abre,

quién vive

y quién muere,

ese grupo comienza a ejercer funciones que corresponden al Estado.

Ahí radica la gravedad de lo ocurrido.

El secuestro de cuatro miembros de una fuerza multinacional —y ahora el posible hallazgo de sus cuerpos— demuestra hasta qué punto algunas organizaciones haitianas se sienten capaces de desafiar incluso al poder internacional.

República Dominicana observa desde el otro lado de la frontera

Para República Dominicana esto nunca puede ser considerado simplemente una noticia internacional.

Haití comparte con nuestro país cerca de 400 kilómetros de isla y aproximadamente 390 kilómetros de frontera terrestre, dependiendo del método utilizado para medirla.

Lo que ocurre al oeste tiene repercusiones directas al este.

Después de la escalada provocada por la desaparición de los salvadoreños, el Ejército dominicano envió refuerzos hacia Jimaní y otras zonas fronterizas.

El Gobierno informó que mantiene más de 10,000 militares desplegados a lo largo de la frontera y decidió reforzar la vigilancia sin ordenar, hasta ahora, un cierre general de los pasos fronterizos.

Eso parece razonable.

El problema haitiano no debe producir pánico en República Dominicana.

Pero tampoco puede ser minimizado.

Una expansión de los combates podría generar:

nuevos desplazamientos,

mayor presión migratoria,

interrupciones comerciales,

tráfico ilegal de armas,

movimientos criminales,

y situaciones humanitarias cerca de territorio dominicano.

La seguridad fronteriza dominicana debe observar lo que ocurre varios kilómetros dentro de Haití, no solamente aquello que llega físicamente a la línea fronteriza.

El verdadero desafío de la fuerza internacional

Si finalmente las pruebas forenses determinan que los cuatro cuerpos encontrados corresponden a los soldados salvadoreños, esta sería una de las señales más graves desde la creación de la nueva fuerza.

Y obligará a responder una pregunta:

¿qué hará la comunidad internacional cuando una pandilla mata soldados enviados precisamente para combatirla?

Retirarse enviaría un mensaje peligroso.

Responder indiscriminadamente también sería un error.

Una intervención que termine castigando civiles puede alimentar todavía más el resentimiento, facilitar el reclutamiento de las bandas y destruir la legitimidad que intenta reconstruir.

El desafío consiste en emplear fuerza suficiente contra estructuras criminales identificadas mientras se protege a la población que vive atrapada dentro de esos territorios.

Ese equilibrio es mucho más difícil que ganar una batalla.

Haití necesita algo más que soldados

Las tropas salvadoreñas, kenianas, guatemaltecas, jamaicanas o de cualquier otra nacionalidad pueden ayudar a abrir espacios.

Pero no pueden sustituir permanentemente al Estado haitiano.

Si después de una operación militar se recupera un barrio y allí no llegan:

policías,

fiscales,

jueces,

escuelas,

hospitales,

servicios públicos

y oportunidades económicas,

la banda regresará.

Quizás con otro nombre.

Quizás con otro jefe.

Pero regresará.

Ese ha sido uno de los grandes problemas históricos de Haití.

La comunidad internacional consigue intervenir sobre la emergencia.

Mucho más difícil ha resultado construir instituciones capaces de sobrevivir cuando las tropas extranjeras se marchan.

Los cuatro soldados se han convertido en símbolo

Hace apenas unos días eran técnicos aeronáuticos prácticamente desconocidos para la opinión pública internacional.

Hoy representan algo mucho mayor.

Representan el riesgo que enfrenta cualquier país que decida enviar personal a Haití.

Representan la capacidad alcanzada por las bandas.

Representan las deficiencias operativas de una misión todavía incompleta.

Y representan también el dilema que enfrenta la comunidad internacional:

seguir permitiendo que organizaciones criminales sustituyan progresivamente al Estado,

o asumir que recuperar Haití será una operación larga, costosa y mucho más compleja de lo que inicialmente se imaginó.

Al cierre de esta investigación, cuatro cuerpos han sido encontrados.

Se cree que pueden ser los cuatro salvadoreños.

Pero todavía faltan las autopsias y la confirmación oficial.

Hasta que eso ocurra, deben seguir siendo descritos periodísticamente como cuatro militares desaparecidos y reportados como secuestrados, con un posible desenlace fatal todavía pendiente de confirmación.

Porque en medio del caos de Haití hay algo que el periodismo no puede permitirse perder:

la diferencia entre lo que sabemos,

lo que creemos,

y aquello que todavía falta demostrar.

Y esa diferencia, precisamente ahora, importa más que nunca.

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