La cultura del vivo: cuando la deshonestidad se disfraza de inteligencia
En muchos países latinoamericanos se ha desarrollado una peligrosa cultura de la “viveza”, donde algunas conductas moralmente cuestionables terminan presentándose como muestras de inteligencia.
El comerciante que engaña al cliente no siempre es condenado por deshonesto, a veces se dice que “supo hacer negocio”. El político que manipula a los ciudadanos es descrito como “estratega”. El conductor que se pega detrás de una ambulancia para atravesar el tránsito cree haber encontrado una solución inteligente. El deportista que gana haciendo trampa es celebrado por “saber jugar”, y quien se aprovecha de la buena fe de otro presume de haber sido “más vivo”.
Ahí aparece uno de los mayores engaños del lenguaje colectivo: cada conducta incorrecta recibe un nombre atractivo que la convierte aparentemente en virtud. Pocas personas dicen “fui deshonesto”, dicen “fui inteligente”. No dicen “lo estafé”, sino “le gané”. No dicen “violé la norma”, dicen “resolví”. Y mientras una sociedad continúe llamando inteligencia a aquello que en realidad es falta de escrúpulos, cada nueva generación aprenderá no necesariamente a ser mejor, sino a hacer trampas con mayor habilidad.
El problema de un país así no es que le falte gente capaz. Puede estar lleno de profesionales brillantes, empresarios ingeniosos, políticos hábiles y ciudadanos extraordinariamente creativos. El problema aparece cuando esa capacidad carece de principios. La inteligencia sin ética puede producir estafadores más eficientes, políticos más convincentes cuando mienten, funcionarios más sofisticados para ocultar irregularidades y tramposos cada vez más difíciles de descubrir.
Imaginemos un país latinoamericano donde el pequeño comerciante altera el peso de la mercancía porque “todo el mundo lo hace”, el empresario evade impuestos porque considera ingenuo al que paga, el ciudadano ofrece dinero a un funcionario para acelerar un trámite y posteriormente se queja de la corrupción estatal, mientras el político promete aquello que sabe que no cumplirá porque entiende que “así funciona la política”. Nadie considera individualmente que está destruyendo el país. Cada uno cree simplemente que está sacando ventaja.
Pero millones de pequeñas ventajas privadas terminan produciendo una enorme desventaja colectiva.
El comerciante engaña al consumidor, el consumidor intenta engañar al Estado, el funcionario aprovecha su cargo, el político manipula al votante y el ciudadano busca algún atajo para evitar las reglas. Finalmente todos sospechan de todos. Entonces aparecen instituciones débiles, contratos que necesitan excesivas garantías, negocios que funcionan sobre la desconfianza, trámites diseñados pensando que alguien intentará violarlos y ciudadanos convencidos de que cumplir las normas es propio de ingenuos. Ese país no necesita necesariamente más inteligencia. Necesita recuperar el valor de la ética.
Porque una nación llena de “vivos” sin principios no termina siendo una nación inteligente. Se convierte en una sociedad donde cada ciudadano intenta obtener una pequeña ventaja sobre el siguiente, hasta que todos terminan pagando el costo.
Esa es quizá la paradoja más cruel de la llamada viveza latinoamericana: cada persona cree que engañando al sistema está ganando individualmente, cuando en realidad está contribuyendo a construir un sistema que posteriormente terminará engañándolo también a él.
Por eso deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿Cuántas veces hemos llamado inteligente a alguien cuando lo único que hizo fue ser deshonesto?
Una sociedad verdaderamente inteligente no es aquella donde sus ciudadanos aprenden a burlar mejor las reglas. Es aquella donde comprenden que la capacidad sin principios no construye riqueza ni progreso duradero: simplemente permite saquearlos con mayor eficiencia.