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De los “más buscados” a la entrega voluntaria: miedo, persecución y el nuevo fenómeno de los intercambios de disparos

En República Dominicana está ocurriendo un fenómeno que merece ser observado con cuidado.

Durante años, la imagen del prófugo fue relativamente conocida: una persona con orden de arresto permanecía escondida, cambiaba de residencia, utilizaba redes de apoyo, evitaba controles policiales y esperaba que la presión disminuyera.

En las últimas semanas, sin embargo, esa lógica parece estar cambiando.

La Policía Nacional ha intensificado la búsqueda de personas vinculadas a homicidios, atracos y otros hechos violentos, mientras aumenta también la cantidad de fallecidos en operativos que la institución describe como “intercambios de disparos”.

Paralelamente, se está produciendo otra escena cada vez más frecuente: personas buscadas que deciden entregarse voluntariamente, algunas acompañadas de familiares, abogados, periodistas o dirigentes comunitarios.

Los números permiten comprobar que algo está ocurriendo

Entre el 1 y el 25 de septiembre de 2026, la Policía reportó 85 entregas voluntarias, frente a 31 registradas entre el 17 y el 31 de agosto. Dos días después, el vocero policial informó que las entregas del mes ya superaban las 90 personas.

Al mismo tiempo, septiembre se convirtió en un mes especialmente letal. Hasta el 29 de septiembre, 49 personas habían muerto en hechos que la Policía describió como enfrentamientos con agentes.

La coincidencia plantea una pregunta inevitable: ¿está cambiando el comportamiento de los prófugos porque perciben que enfrentarse a la Policía aumenta considerablemente la posibilidad de morir?

La respuesta todavía necesita más investigación. Pero los datos muestran una transformación que no puede ignorarse.

La figura del “más buscado”

Cuando la Policía publica la fotografía de una persona buscada, normalmente existe una orden de arresto o una investigación que la vincula presuntamente a determinados hechos. Eso no significa que haya sido condenada.

Jurídicamente sigue existiendo una diferencia fundamental entre: ser buscado, ser imputado y ser declarado culpable. La justicia debe determinar la responsabilidad penal. La función policial es localizar, detener y colocar al sospechoso bajo control del Ministerio Público y de los tribunales.

Ese principio parece sencillo. En la práctica, la captura puede transformarse en una situación de enorme riesgo cuando el sospechoso está armado.

El argumento policial

La versión institucional suele seguir un patrón conocido. Agentes llegan hasta un lugar para ejecutar una orden de arresto. La persona buscada, según el reporte policial, abre fuego. Los agentes responden. El sospechoso resulta herido. Posteriormente fallece. La Policía informa entonces que en el lugar fue ocupada un arma.

Ese fue, por ejemplo, el relato oficial sobre la muerte de Willi David Gómez Batista, alias “Willy Piñé”, ocurrido en Barahona en septiembre. La institución afirmó que era buscado por distintos hechos delictivos y que abrió fuego contra los agentes que intentaban detenerlo.

Casos semejantes se repiten regularmente. El problema es que la frecuencia comienza a convertir una situación que debería ser excepcional en una parte visible de la estrategia de seguridad pública.

Los números crecieron

Durante los primeros seis meses de 2026, Diario Libre contabilizó al menos 146 personas fallecidas en intervenciones policiales, aproximadamente 16.4 % más que durante el mismo período de 2025. Hasta el 21 de agosto, la cifra anual ascendía a 156 fallecidos, según datos derivados de los informes oficiales de criminalidad.

Después llegó septiembre. En menos de un mes se agregaron decenas de casos. Solo entre el 1 y el 29 de septiembre se reportaron 49 fallecidos en supuestos intercambios de disparos.

Eso convierte el fenómeno en algo demasiado importante para tratarlo únicamente como una sucesión de incidentes aislados.

Pero aparece un dato incómodo

Existe una diferencia importante entre decir que una persona era buscada y afirmar que pertenecía a la lista pública de prófugos de mayor interés. Una revisión publicada el 30 de septiembre encontró que solo tres de 182 fallecidos en intervenciones policiales durante 2026 aparecían en la lista de prófugos publicada por la institución.

Ese dato no significa que los demás no tuvieran órdenes de arresto. Pueden existir personas buscadas en investigaciones locales o expedientes que nunca fueron incorporadas a la lista pública. Pero sí obliga a utilizar con cuidado expresiones como: “eran todos de los más buscados”. Los documentos disponibles no permiten sostener eso.

El otro fenómeno: entregarse antes de ser encontrado

Mientras aumentaban los enfrentamientos, comenzó también a crecer rápidamente la cantidad de entregas voluntarias. La Policía informó que 85 personas se habían presentado entre el 1 y el 25 de septiembre, frente a 31 durante la segunda mitad de agosto. Al cierre del mes, la cantidad superaba las 90 entregas.

Algunas personas llegaron acompañadas. Otras buscaron intermediarios. En determinados casos fueron familiares quienes gestionaron el contacto.

Ese comportamiento parece responder a una lógica bastante sencilla: la persona intenta controlar las condiciones de su arresto. En vez de esperar una operación policial en una casa, un vehículo o la vía pública, acude directamente a las autoridades.

Entregarse también es una forma de autoprotección

Para una persona buscada existen, en términos muy simples, tres posibilidades: continuar escondida, enfrentarse o entregarse.

La primera prolonga la condición de prófugo. La segunda puede terminar con prisión, heridas o muerte. La tercera coloca inmediatamente al individuo dentro del sistema judicial.

Esa diferencia está comenzando a adquirir enorme importancia. La Policía sostiene que quienes se han entregado han sido remitidos a la justicia y que se ha respetado el debido proceso.

Eso genera un mensaje práctico poderoso: si se entrega, existe una ruta hacia el tribunal. Si espera a ser localizado armado y decide disparar, el desenlace puede ser completamente diferente.

El efecto psicológico

Aquí aparece una dimensión que generalmente no figura en las estadísticas. La persecución policial también produce miedo.

El prófugo observa noticias. Mira redes sociales. Conoce lo ocurrido con personas de su entorno. Ve fotografías de individuos buscados que posteriormente aparecen muertos durante operativos. Ese conocimiento puede modificar su cálculo.

Ya no pregunta solamente: “¿me van a apresar?” Puede comenzar a preguntarse: “¿voy a llegar vivo al tribunal?”

No podemos afirmar que ese sea el motivo de cada entrega voluntaria. Pero resulta razonable investigarlo cuando coinciden un aumento fuerte de los fallecidos y un incremento igualmente pronunciado de las entregas.

La nueva narrativa institucional

El actual director de la Policía, mayor general Ernesto Rodríguez García, ha llamado públicamente a quienes tienen asuntos pendientes con la justicia a entregarse y ha afirmado que continuarán siendo perseguidos quienes no lo hagan.

El presidente Luis Abinader también pidió públicamente a las personas con órdenes de arresto que se entregaran, argumentando que las autoridades saldrían a buscarlas antes de que pudieran cometer nuevos crímenes.

Ese mensaje puede tener un efecto doble. Por un lado, incentiva una salida relativamente ordenada: entregarse. Por otro, eleva la percepción de que la persecución será intensa. Ese equilibrio merece seguimiento.

¿Funciona?

Desde una perspectiva estrictamente operativa, existe un dato difícil de ignorar. Si más de 90 personas buscadas se presentan voluntariamente en un solo mes, la estrategia está produciendo algún tipo de efecto.

Cada entrega evita potencialmente: una persecución, un allanamiento, un enfrentamiento armado, riesgo para vecinos, riesgo para policías y riesgo para el propio detenido.

Desde ese punto de vista, fomentar la entrega puede ser una herramienta positiva. Pero debemos separar dos cuestiones. Una es incentivar a las personas buscadas a entregarse. Otra es considerar normal que quienes no se entreguen terminen muertos. Esas dos ideas no son equivalentes.

La Policía también tiene víctimas

Tampoco puede construirse esta historia ignorando el riesgo policial. Durante los primeros meses de 2026 hubo agentes muertos en cumplimiento de su deber. Para mayo, por ejemplo, se reportaban ocho policías fallecidos en situaciones relacionadas con enfrentamientos y operaciones.

El policía que intenta detener a una persona armada se encuentra en una situación potencialmente mortal. Si recibe disparos, tiene derecho a defender su vida y la de terceros dentro de los parámetros legales. Eso forma parte del uso legítimo de la fuerza.

El problema comienza cuando no existe suficiente transparencia para distinguir rápidamente entre: un enfrentamiento real y una actuación policial abusiva.

No todas las versiones pueden aceptarse automáticamente

Durante años la expresión “intercambio de disparos” se ha convertido casi en una fórmula. Pero toda muerte causada por agentes del Estado necesita revisión: escena, balística, armas, cámaras, testigos, autopsia, trayectoria de proyectiles, cantidad de disparos, órdenes de arresto y antecedentes de la operación.

Ese análisis protege a todos. Si el policía actuó legítimamente, la investigación lo demuestra. Si existió abuso, también debe determinarse.

Los casos cuestionados alimentan la desconfianza

En 2026 varios fallecimientos han generado controversias sobre las circunstancias exactas de las intervenciones. Organizaciones defensoras de derechos humanos han cuestionado el elevado número de muertes y han pedido investigaciones más estrictas.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos sostiene que alrededor de 4,500 personas murieron en supuestos intercambios de disparos entre 2011 y 2025. Esa cifra procede de esa organización y no equivale necesariamente a una clasificación judicial caso por caso, pero muestra la magnitud histórica del debate.

Por eso no basta con publicar un comunicado. La credibilidad necesita evidencia.

El debido proceso también protege a la Policía

Existe una tendencia a presentar esta discusión como: “defender delincuentes” contra “defender policías”. Esa división es demasiado simple.

El debido proceso también beneficia a los agentes. Cuando una persona se entrega y llega viva ante un juez: la Policía cumple su misión, el Ministerio Público investiga, el tribunal decide, y la responsabilidad deja de descansar en una patrulla.

Ese debería ser el escenario ideal. El objetivo de una operación policial no debería ser producir un cadáver. Debería ser producir una detención. La fuerza letal aparece únicamente cuando una amenaza inmediata hace imposible otro resultado.

El temor puede estar cambiando las reglas de la calle

Lo nuevo en 2026 parece ser la combinación: mayor búsqueda, mayor visibilidad de operativos, más muertes, llamados públicos a entregarse y decenas de prófugos presentándose voluntariamente.

Eso produce una especie de nuevo mensaje dentro del mundo criminal: estar escondido ya no garantiza tiempo. Y enfrentar una patrulla puede tener consecuencias definitivas.

De confirmarse esta tendencia durante varios meses, estaríamos frente a un cambio real en el comportamiento de los buscados.

La familia está adquiriendo un nuevo papel

Otro elemento interesante es la participación de familiares. Cuando una madre, esposa, hermano o abogado acompaña a una persona buscada hasta una institución policial, funciona también como una especie de garantía social.

Hay testigos. Hay cámaras. Hay registro de la entrega. La persona entra públicamente bajo custodia. Eso reduce incertidumbre. Y puede explicar por qué algunos buscados prefieren presentarse acompañados.

De perseguido a imputado

La entrega voluntaria produce además un cambio inmediato de condición. Antes: prófugo. Después: detenido.

Entonces comienza otro proceso: fiscal, abogado, medida de coerción, investigación y tribunal. El sospechoso ya no depende exclusivamente del resultado de un operativo policial. Entra en la maquinaria judicial. Eso es exactamente lo que el Estado de derecho debería buscar.

Pero el número de muertos sigue siendo demasiado importante

Aunque aumenten las entregas, la cifra de fallecidos sigue planteando interrogantes. Septiembre cerró prácticamente con medio centenar de muertos en actuaciones descritas como enfrentamientos. Eso significa más de una muerte diaria durante algunos períodos.

Una sociedad no puede acostumbrarse a ese ritmo sin exigir explicaciones. La delincuencia violenta puede requerir respuestas firmes. Pero la firmeza y la rendición de cuentas no son incompatibles.

¿Efecto disuasorio?

Una posibilidad es que los operativos estén produciendo un efecto disuasorio. Las personas buscadas observan que la Policía está localizando activamente a sospechosos y prefieren entregarse. Si esa es realmente la causa, estamos ante un resultado operacional importante.

Pero demostrarlo requerirá algo más que coincidencia temporal. Necesitamos comparar: cuántas entregas hubo antes, cuántas después, qué delitos tenían pendientes, cuántos estaban armados, cuántos fueron realmente incluidos en listas de búsqueda, y qué ocurrió procesalmente después de la entrega.

Sin esos datos no podemos afirmar causalidad.

La estadística que falta

Este es probablemente el punto más importante de nuestra investigación. La Policía debería publicar periódicamente una tabla sencilla:

- Personas buscadas - Personas capturadas - Personas entregadas voluntariamente - Personas fallecidas durante operaciones - Personas heridas - Policías heridos - Policías muertos - Armas ocupadas - Órdenes judiciales ejecutadas - Casos remitidos al Ministerio Público

Con eso podríamos evaluar la estrategia con mucha más objetividad.

¿Qué sería un éxito?

El éxito no debería medirse únicamente por: “cuántos delincuentes fueron sacados de las calles”. También debe medirse por: cuántos fueron detenidos vivos, cuántos fueron procesados, cuántos terminaron condenados, cuántas armas fueron retiradas, cuántos homicidios disminuyeron, cuántos policías sobrevivieron, y cuántos civiles inocentes dejaron de ser víctimas.

Un país seguro necesita resultados judiciales. No solamente resultados operativos.

El fenómeno de las entregas puede ser una oportunidad

Hay una posibilidad positiva dentro de toda esta tensión. Si los llamados públicos están consiguiendo que decenas de buscados se entreguen, las autoridades deberían fortalecer ese mecanismo: líneas claras de contacto, protocolos, intermediación de abogados, fiscalías, iglesias, defensores públicos, familiares, entrega documentada y reconocimiento inmediato de derechos.

Eso puede convertirse en una política de reducción de enfrentamientos.

De “me buscan” a “me entrego”

En apenas unas semanas, República Dominicana comenzó a ver algo que antes aparecía de manera mucho más dispersa: personas buscadas que prefieren llegar a la Policía antes de que la Policía llegue a ellas.

Ese cambio puede responder al temor, a la presión familiar, al aumento de operativos, a la percepción de riesgo, o a una combinación de todos esos elementos. Lo cierto es que la cifra supera ya las 90 entregas voluntarias durante septiembre. Eso no es anecdótico.

La conclusión todavía está abierta

Sería prematuro afirmar que los intercambios de disparos están resolviendo el problema de la delincuencia. También sería prematuro negar que una persecución policial más intensa pueda estar modificando el comportamiento de quienes tienen órdenes de arresto.

Lo que sí podemos observar es una nueva realidad: aumentaron simultáneamente las muertes en operativos y las entregas voluntarias. Ahora corresponde determinar qué relación existe entre ambos fenómenos.

La sociedad dominicana necesita una Policía capaz de perseguir a quienes cometen delitos violentos. Necesita también policías que puedan regresar vivos a sus hogares. Pero necesita algo más: que la persona buscada, cuando pueda ser detenida, llegue viva ante el juez.

Porque el éxito definitivo de una fuerza policial no consiste en cuántos sospechosos mueren cuando son encontrados. Consiste en lograr algo mucho más difícil: que el delincuente tema ser capturado, entienda que no podrá escapar y prefiera entregarse porque sabe que el Estado es suficientemente fuerte para perseguirlo y suficientemente institucional para juzgarlo.

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