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Los hombres de la zafra: Cómo República Dominicana y Haití organizaron durante décadas la contratación de braceros para cortar caña

Hubo un tiempo en que la llegada de miles de haitianos a los campos de caña dominicanos no era resultado fundamentalmente de la migración espontánea que conocemos actualmente.

Era una operación organizada. Había negociaciones entre gobiernos. Había cantidades previamente acordadas. Había listas de trabajadores. Había transporte. Había contratos.

Y había dinero pagado al Estado haitiano por permitir que miles de sus ciudadanos cruzaran la frontera para realizar uno de los trabajos más duros de la economía dominicana: cortar caña.

Aquellos hombres eran conocidos simplemente como braceros. El término provenía precisamente de aquello que aportaban al sistema productivo: sus brazos.

Antes de Balaguer y Papa Doc

La historia comenzó mucho antes de Joaquín Balaguer.

El desarrollo de la gran industria azucarera dominicana durante las primeras décadas del siglo XX produjo una enorme necesidad de trabajadores temporales.

La expansión adquirió particular fuerza durante y después de la ocupación estadounidense de República Dominicana de 1916 a 1924. Las plantaciones necesitaban grandes cantidades de trabajadores dispuestos a realizar una labor físicamente agotadora y de bajos salarios.

Haití tenía exactamente aquello que necesitaban los ingenios: mano de obra abundante y extremadamente pobre.

Durante décadas se produjo migración, tanto legal como clandestina. Pero en 1952 ocurrió un cambio fundamental.

Los gobiernos de Rafael Leónidas Trujillo y del presidente haitiano Paul Magloire establecieron el primer acuerdo bilateral formal para importar trabajadores haitianos destinados a la zafra dominicana. Fuentes académicas sitúan en aproximadamente 16,500 trabajadores una de las cantidades iniciales asociadas a aquel sistema.

Desde entonces el trabajador dejó de ser únicamente un inmigrante que cruzaba la frontera buscando empleo.

Se convirtió también en objeto de negociación entre dos Estados.

El precio por trabajador

Aquí aparece uno de los aspectos más polémicos de esta historia.

Las fuentes consultadas coinciden en que República Dominicana pagaba al gobierno haitiano una compensación relacionada con los trabajadores enviados.

Minority Rights Group describe el mecanismo como contratación de braceros a cambio de una tarifa per cápita, mientras investigaciones históricas hablan directamente de pagos al Estado haitiano por el contingente laboral suministrado. Derechos de las Minorías

La tradición oral dominicana conserva versiones según las cuales el pago era de aproximadamente US$10 por trabajador, lo que popularmente algunos describen como “diez dólares por cabeza”.

Esa cifra concreta merece cautela.

Hasta ahora no he localizado un contrato primario suficientemente confiable que permita afirmar que US$10 fue la tarifa general utilizada durante los gobiernos de Balaguer y François Duvalier.

Lo que sí está documentado es algo posiblemente más importante: el gobierno haitiano recibía dinero por autorizar y organizar el suministro de trabajadores.

Posteriormente, bajo Jean-Claude Duvalier, algunas investigaciones estiman que Haití llegó a recibir aproximadamente US$2 millones o más anuales por permitir el reclutamiento de braceros para la industria azucarera dominicana. JSTOR

Eso convierte el fenómeno en algo mucho más complejo que una simple contratación laboral.

El trabajador generaba ingresos antes incluso de comenzar a cortar caña.

Papa Doc entra en el negocio

François Duvalier, Papa Doc, llegó a la presidencia haitiana en 1957.

Dos años después, en 1959, el acuerdo de trabajadores fue renovado bajo su gobierno.

Las fuentes históricas sitúan esa renovación dentro de la continuidad del sistema iniciado en 1952. Selvas Amazónicas

Cuando Joaquín Balaguer llegó nuevamente a la Presidencia dominicana en 1966, la industria azucarera estatal estaba adquiriendo enorme importancia.

Ese mismo año fue creado el Consejo Estatal del Azúcar, CEA, que pasó a administrar los ingenios que habían pertenecido a Trujillo y posteriormente quedaron en manos del Estado dominicano.

Balaguer renovó el mecanismo bilateral con Haití.

Aquí debemos hacer una corrección histórica que algunas publicaciones confunden: en 1966 el gobernante haitiano era François Duvalier, Papa Doc, no su hijo Jean-Claude.

Papa Doc murió el 21 de abril de 1971.

Solo entonces Baby Doc heredó el poder.

A partir de 1971, los antiguos convenios fueron reemplazados cada vez más por contratos anuales entre el CEA y las autoridades haitianas. Estudios sobre migración documentan renovaciones o contrataciones correspondientes a 1971 y años posteriores. Iberoamericana

No era simplemente “abrir la frontera”

El sistema perseguía una lógica económica relativamente clara. Antes de comenzar la zafra se calculaba aproximadamente cuánta mano de obra necesitaban los ingenios.

Entonces se gestionaba el contingente.

Miles de trabajadores eran reclutados en Haití. Eran registrados, trasladados hacia República Dominicana, distribuidos entre ingenios, y alojados en los bateyes.

En teoría, el bracero no era un inmigrante permanente.

Era un trabajador temporal, venía para una zafra determinada, cortaba caña, terminaba el período, y debía regresar a Haití.

El ciclo podía repetirse durante la siguiente temporada.

La nómina y el regreso

La versión recordada por antiguos trabajadores y personas vinculadas a la industria describe listados o nóminas mediante los cuales se identificaban los trabajadores contratados.

Eso encaja con el carácter organizado de los convenios.

No era extraño que un mismo trabajador regresara durante distintas zafras. Para el ingenio tenía lógica.

Un cortador experimentado era mucho más productivo que un trabajador que nunca había empuñado un machete para cortar caña durante diez horas bajo el sol.

En teoría, por tanto, existía una circulación: Haití → ingenio dominicano → zafra → regreso a Haití → nueva contratación.

Los propios convenios establecían la repatriación de los trabajadores temporales al finalizar la cosecha.

Pero aquí comienza la diferencia entre el sistema escrito y aquello que realmente ocurrió.

No todos regresaban

La documentación histórica indica que numerosos trabajadores permanecieron en República Dominicana después de terminar las zafras.

Algunos no fueron repatriados, otros decidieron quedarse, otros fueron incorporándose a poblaciones haitianas que ya residían permanentemente alrededor de los ingenios.

Los bateyes, concebidos originalmente como campamentos temporales, comenzaron a convertirse en comunidades permanentes.

Así ocurrió una transformación importantísima.

Lo que comenzó como un sistema de mano de obra temporal importada contribuyó con el tiempo a formar comunidades haitianas permanentes dentro de República Dominicana. Ese detalle es esencial para comprender parte del debate migratorio contemporáneo.

¿Por qué importar haitianos?

La respuesta fundamental era económica.

El corte manual de caña era un trabajo extraordinariamente duro, comenzaba temprano, el trabajador utilizaba machete durante horas, cortaba, limpiaba, apilaba, trabajaba bajo temperaturas elevadas, y generalmente cobraba según la cantidad de caña cortada.

La industria dominicana tuvo históricamente dificultades para conseguir suficientes trabajadores dominicanos dispuestos a realizar esa labor en las condiciones ofrecidas.

El trabajador haitiano era más pobre.

Tenía menos alternativas laborales.

Y estaba dispuesto, o muchas veces obligado por las circunstancias económicas, a aceptar remuneraciones que resultaban poco atractivas para otros trabajadores.

Un estudio histórico sobre el sector señala precisamente la dependencia de la producción azucarera dominicana de esa migración estacional.

El azúcar era demasiado importante

Para entender por qué dos gobiernos organizaban semejante operación debemos recordar qué significaba el azúcar entonces.

Durante buena parte del siglo XX, el azúcar fue una de las principales fuentes de divisas de República Dominicana.

Miles de empleos dependían directamente de los ingenios.

También: ferrocarriles, puertos, comercios, transporte, exportaciones, y enormes extensiones agrícolas.

Estados Unidos asignaba cuotas de importación de azúcar a República Dominicana.

Durante el primer gobierno de los llamados Doce Años de Balaguer, Washington incluso concedió al país cuotas especiales que colocaban a República Dominicana por encima de otros proveedores latinoamericanos. Documentos estadounidenses de 1967 muestran que Balaguer solicitaba una cuota de alrededor de 600,000 toneladas y que Washington analizaba asignaciones especiales para respaldar la recuperación del sector.

Sin braceros suficientes, había caña que podía quedarse sin cortar. Y caña sin cortar significaba dólares que no entraban.

Dos gobiernos obtenían beneficios diferentes

Para República Dominicana, la ventaja era evidente.

Conseguía trabajadores para mantener funcionando una industria estratégica. Para el régimen haitiano también existían beneficios.

Recibía dinero por los contingentes laborales.

Reducía temporalmente presión sobre su enorme población desempleada.

Y parte del dinero ganado por los trabajadores podía regresar posteriormente a Haití.

Los Duvalier encontraron además una fuente directa de ingresos dentro del mecanismo.

Algunas investigaciones describen los pagos como una verdadera renta que el régimen extraía de la exportación temporal de trabajadores.

De ahí surgió una expresión muy dura utilizada posteriormente por críticos del sistema: “venta de braceros”.

¿Un “trato de caballeros”?

La memoria oral algunas veces lo describe como un acuerdo personal entre Balaguer y Duvalier.

Pero históricamente es más preciso hablar de convenios bilaterales y posteriormente contratos institucionales.

El mecanismo era demasiado grande para depender únicamente de una conversación privada entre presidentes. Participaban: el Gobierno haitiano, el Gobierno dominicano, el Consejo Estatal del Azúcar, autoridades migratorias, autoridades laborales, y fuerzas de seguridad.

Por tanto, pudo existir una relación política de confianza entre los gobernantes, pero no estamos hablando solamente de un “trato de caballeros”.

Existió una estructura administrativa detrás.

La cara que los contratos no mostraban

Hasta aquí podría parecer un programa relativamente ordenado de trabajadores temporales.

Sin embargo, esa imagen resulta incompleta.

Desde finales de la década de 1970 crecieron las denuncias internacionales sobre las condiciones de los braceros.

Organizaciones de derechos humanos y posteriormente la Organización Internacional del Trabajo denunciaron problemas relacionados con: reclutamiento, libertad de movimiento, salarios, condiciones de vida, retención de documentos, y formas de coerción laboral.

Estudios académicos describen a los cortadores como uno de los grupos de trabajadores agrícolas más explotados del Caribe.

Décadas después, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos continuaría documentando condiciones extremadamente precarias dentro de los bateyes.

El trabajador entre dos gobiernos

Aquí aparece probablemente la parte más incómoda de la historia.

El bracero podía quedar atrapado entre dos Estados.

Haití negociaba su salida.

República Dominicana necesitaba su trabajo.

Los ingenios necesitaban que permaneciera durante la cosecha.

Pero el trabajador tenía poca capacidad para negociar individualmente las condiciones bajo las cuales sería contratado.

Por eso el sistema ha sido comparado por algunos investigadores y organismos de derechos humanos con formas de trabajo coercitivo.

Eso no significa que todos los trabajadores fueran llevados contra su voluntad.

Muchísimos cruzaron porque necesitaban desesperadamente empleo.

Pero pobreza extrema y libertad contractual no siempre significan exactamente lo mismo.

Baby Doc heredó también los braceros

Cuando Papa Doc murió en 1971, su hijo Jean-Claude Duvalier, Baby Doc, heredó no solamente la presidencia vitalicia.

También heredó esta relación económica con República Dominicana.

Los contratos continuaron durante la década de 1970 y principios de los ochenta. Investigaciones históricas señalan contratos anuales y pagos al gobierno haitiano que llegaron a alcanzar millones de dólares.

Y el sistema sobrevivió incluso a cambios políticos dominicanos.

No fue exclusivamente una política de Balaguer.

Continuó durante administraciones posteriores porque la necesidad económica de la industria azucarera permanecía.

1986 cambia el modelo

En febrero de 1986 cayó Jean-Claude Duvalier.

Ese acontecimiento tuvo consecuencias directas sobre el sistema de contratación. La OCDE señala que la combinación de la crisis internacional del azúcar y la caída de Baby Doc puso fin al modelo bilateral de contratación tal como había funcionado durante décadas.

La industria dominicana continuó necesitando trabajadores haitianos.

Pero ahora el flujo comenzó a depender mucho más de: migración individual, contratistas, intermediarios, y los llamados buscones.

El Estado haitiano dejó de funcionar de la misma manera como proveedor formal de trabajadores.

Del contrato estatal al buscón

Ese cambio produjo otra etapa.

Mientras el antiguo sistema poseía, por problemático que fuera, una estructura reconocible de contratación bilateral, después de 1986 aumentó la importancia de intermediarios privados.

La Comisión Interamericana documentó en 1991 denuncias según las cuales algunos buscones recibían entre US$10 y US$15 por cada joven cortador que conseguían llevar a las plantaciones.

Este dato resulta especialmente interesante frente a la tradición oral sobre los “diez dólares por cabeza”.

Puede que distintas historias hayan terminado mezclándose con el tiempo.

Tenemos evidencia sólida de: pagos al gobierno haitiano durante los convenios, y posteriormente pagos de aproximadamente US$10 a US$15 a determinados reclutadores por cada trabajador conseguido.

Pero eso no permite afirmar automáticamente que Balaguer entregaba exactamente US$10 a Papa Doc por cada haitiano.

Esa diferencia es fundamental para una reconstrucción histórica rigurosa.

El sistema no era tan exacto como lo recordamos

También debemos revisar otra idea: que todos los trabajadores contratados regresaban ordenadamente a Haití al terminar la zafra.

Los contratos podían exigirlo.

Las listas podían existir.

Los trabajadores podían ser trasladados nuevamente.

Pero las investigaciones históricas señalan que una proporción importante permanecía en República Dominicana.

Por eso los bateyes evolucionaron: se formaron familias, nacieron hijos.

Aparecieron comunidades completas que dejaron de ser poblaciones temporales.

Ese proceso tuvo consecuencias jurídicas y sociales que República Dominicana todavía discute.

Entonces, ¿era mejor aquel sistema?

Esa pregunta requiere cuidado.

Desde el punto de vista administrativo tenía características que hoy podrían parecer atractivas: se estimaba la necesidad laboral, se negociaba una cantidad, se identificaba a los trabajadores, se organizaba su ingreso, existía una temporada definida, y formalmente estaba previsto su regreso.

Eso es muy diferente de un sistema migratorio completamente descontrolado.

Pero idealizarlo también sería un error.

El mismo sistema que proporcionaba orden administrativo generó fuertes denuncias de explotación laboral y permitió que dos Estados negociaran colectivamente la movilidad de personas que individualmente tenían muy poco poder.

Orden migratorio no necesariamente significaba justicia laboral.

La gran diferencia con el presente

Quizás esa sea la verdadera razón por la cual esta historia merece recordarse. Durante aquellos años República Dominicana no discutía solamente: ¿cuántos haitianos están entrando?

La pregunta era mucho más concreta: ¿cuántos trabajadores necesita la zafra?

La migración estaba conectada directamente con una necesidad productiva determinada.

El trabajador tenía una función. Una industria. Una temporada. Al menos jurídicamente, una fecha de retorno.

Con la desaparición de aquel modelo y la crisis de la industria azucarera, la migración haitiana dejó de estar concentrada únicamente en la caña.

Los trabajadores comenzaron a desplazarse hacia: construcción, agricultura, hotelería, servicios, comercio informal, y otras actividades.

La migración temporal azucarera se transformó gradualmente en un fenómeno económico y demográfico mucho más amplio.

De la caña a un problema nacional

Ahí está posiblemente la gran lección histórica.

El sistema de braceros fue creado para resolver un problema específico: faltaban brazos para cortar caña.

Durante décadas funcionó como una válvula laboral entre dos países profundamente desiguales.

Haití proporcionaba trabajadores.

República Dominicana proporcionaba empleo.

El gobierno haitiano recibía dinero.

La industria azucarera recibía mano de obra.

Pero ese mecanismo produjo también asentamientos permanentes, familias, nuevas generaciones y una relación migratoria que terminó trascendiendo completamente a los ingenios.

Lo temporal se convirtió parcialmente en permanente.

La historia detrás de los “diez dólares”

Por eso debemos conservar la historia oral, pero someterla a documentos.

Es perfectamente posible que antiguos funcionarios, trabajadores o empresarios recuerden cifras por trabajador utilizadas en determinados períodos.

Pero la evidencia histórica que pude localizar permite afirmar con mayor seguridad lo siguiente: sí existieron pagos por los contingentes de braceros.

Sí hubo convenios entre ambos gobiernos.

Sí existían cantidades previamente negociadas de trabajadores.

Sí se preveía su retorno al terminar la zafra.

Sí existieron listas y mecanismos administrativos de contratación.

Y sí, el gobierno haitiano recibió millones de dólares durante determinados años por permitir y administrar ese flujo laboral.

Lo que todavía no podemos convertir en un hecho histórico comprobado es la cifra uniforme de US$10 pagados directamente por Balaguer a Papa Doc por cada trabajador.

Dos dictaduras, una industria y miles de hombres

Quizás el título de esta historia podría resumirse de otra manera.

No es solamente una historia migratoria.

Es también una historia económica. Diplomática. Laboral. Y humana.

Dos Estados compartían una isla.

Uno tenía una industria que necesitaba desesperadamente trabajadores.

El otro tenía trabajadores que necesitaban desesperadamente empleo.

Entre ambos existía una frontera.

Los gobiernos encontraron una manera de abrirla selectivamente.

Miles de hombres la cruzaron con machetes esperando una temporada de trabajo. Algunos regresaron. Otros se quedaron. Algunos volvieron durante muchas zafras. Otros formaron familias en los bateyes. Y alrededor de ellos se construyó una parte fundamental de la industria azucarera dominicana.

La ironía histórica es que durante décadas discutimos a esos trabajadores como si hubieran llegado espontáneamente.

Pero una parte importante de aquella migración no entró escondida.

Fue solicitada, negociada, contratada y transportada porque la economía dominicana necesitaba sus brazos.

Y probablemente esa sea la parte de la historia que más conviene recordar cuando hoy discutimos la relación entre Haití, migración y trabajo en República Dominicana.

Nota: Datos obtenidos de fuentes abiertas del internet.

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